ESP | ENG | FRA |


En lugares donde las historias dolorosas permanecen ocultas,
recordar y articular la memoria puede ser un acto de resistencia política.
Mary Jane Jacob

Habitamos un mundo en crisis y caos en el que lo cierto, es cada vez más escaso y en el que se dice que la realidad es producto de los hechos pasados que determinaron el presente, es decir, de la historia.

Por tal motivo, me interesa la revisión histórica como medio de comprensión del presente, como medio para comprender la realidad que vivo y de la que soy partícipe para definir el futuro.

Del complejo entramado que define mi realidad, me he interesado particularmente en un hecho cuya importancia, percibo, se ha diluido en la memoria colectiva con el paso de los años a pesar de las evidencias de su existencia y la magnitud de sus implicaciones como símbolo del feroz arribo de la modernidad.

Hacia 1895, se instala en Aguascalientes, México; la Gran Fundidora Central Mexicana que procesa el cobre y plomo extraídos de minas de los municipios de Tepezalá y Asientos. El discurso gubernamental atribuye a esta empresa, las esperanzas del progreso de una pequeña ciudad y bajo tales argumentos se otorgan concesiones y exenciones que prometen redituar los sacrificios de un pueblo deseoso de trabajo y bienestar.

30 años resultaron suficientes para el agotamiento de los recursos que interesaban a los propietarios de la empresa y que con ello, el abandono se hiciera presente.

Tepezalá es ahora, montones de piedra bajo los cuales la gente habita; de la Gran Fundidora, aún tenemos residuos industriales que para muchos de los habitantes de Aguascalientes son parte del paisaje y están ahí desde siempre; y en el mundo hay 6 museos renombrados con el mismo apellido que para los aguascalentenses pasó de la esperanza a la desilusión: Guggenheim.